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lunes, 27 de julio de 2009

Sucios miedos I


Escribí mucho alguna vez acerca de los miedos, de los lastres, de las mutaciones tristes que deforman a la gente, y de esos textos -que eran más de 20- he encontrado algunos. Los comparto como base para algo que alguna vez escribiré.



Miedo a la oscuridad
¿Le temes a la oscuridad? Entonces eres sabia como una niña, porque le temes al lado oscuro de la vida y de la gente. Le temes a esos que parecen tener la luz encendida pero andan mintiendo y destruyendo a otros con el pretexto de repartir sonrisas brillantes y abrazos de amor. Tú los ves y corres, y como eres una niña que aún no habla, sólo puedes abrazarte a la pierna de quienes sí te aman. Los ves pasar sonriendo y deseándote buenas vibras y te das cuenta de que son un pozo de dolor y castigo, los ves haciéndose daño a solas y luego, deseosos de más, salir a destruir gente fresca, a comerse la alegría de otros, a partirlos por dentro. Donde los oscuros se abrazan con falso cariño tú ves monstruos que se despedazan unos a otros. Cuando un oscuro captura a un limpio los perros ladran y todos los niños suspiran con tristeza. No temas, niña. Aprende y perdona. Tú también serás aunque sea un poquito oscura, y eso te dará fuerzas para librarte de los demonios que sonríen. Atraviesa la noche y no tiembles. Si brillas más, se espantan. Buscarán otros monstruos. No vendrán por ti.


Miedo a los espejos
De repente sientes pánico, vacío, dolor inconmensurable. Has visto con terror que algo macabro se te apareció al lado, que pasó casi invisible. Te volteas de golpe, sudando frío, para sorprenderlo, y descubres un muro de vidrio y azogue. Y en él, encerrada, tu imagen.
Si le temes a los espejos es porque percibes algo en ti que los demás no ven: Ves a La Muerte que se ha apoderado de tu alma. Porque los humanos nos amamos, y sólo La Muerte aborrece su imagen, odia que tu esqueleto al emerger traicione su escondite, detesta que detrás de tu mirada aparezca la suya, devoradora y triste, porque confunde su mirada con la de alguien más poderoso y teme que la pueden matar. De eso sufren los vampiros, títeres de La Malvada. Si le temes a los espejos, exorcízate. O acabarás chupándole la alegría a los demás con un deseo de conflicto y podredumbre que ni tú mismo podrás entender. Es simple: libérate del deseo de tenerlo todo, vivirlo todo, exprimirlo todo, conocerlo todo. No se trata de no querer vivir, se trata de recibir lo que venga y no forzar al mundo a entregar sus bienes, como si tu deseo lo asaltara. Ese deseo tan poco sabio es diabólico e inhumano: es el deseo de La Muerte de cubrirlo todo con su sombra. Si no puedes renunciar a él, renuncia a ti misma y mátate. Estarás matando a La Muerte. O al menos le darás un susto inmenso al verse descubierta y vencida por sus propias armas.

Una última recomendación: de ser posible, mátate frente a un espejo.


Miedo a no volar
Todas las demás volaban. Ella no. Eran más jóvenes y más afortunadas, y volaban hacia cielos que ella no conocía. Cuando se los describían sonreía con falsa condescendencia pero por dentro el odio de estar atada al piso la enloquecía. Tenía miedo de no lograrlo nunca.
Para sentirse elevada decidió fingir un día que ayudaba a los demás rastreros, a quienes tampoco podían elevarse. Los encontraba desesperados en los precipicios, con la mirada clavada en el horizonte. Los tomaba de un ala y los arrojaba al vacío. Les decía palabras sabias que había oído de sus amigas -las que sí volaban- y les recomendaba no temer, quizás porque sabía que era su miedo el que la había lastrado para siempre. Mató así a muchos que pudieron haber volado si no la hubieran hallado antes. Buscó luego a otras rastreras para mirar juntas desde abajo, con horror e hipocresía, a esas que cubrían el cielo con sus alas. Las odiaban porque no podían. Sus alas eran muñones, sus músculos eran blandos y sus cuerpos, estériles. Su diversión era remedar el vuelo y alabar unas a otras los movimientos de sus articulaciones sin gracia. Después, melancólicas, se sentaban a mirar el mar y guardaban silencio pues sabían que cualquiera, en cualquier momento, si se atrevía a hablar, develaría su mayor temor: el de asumir que nunca nacieron para el cielo. Que fueron creadas para la envidia, para el fracaso, para la tierra. Y ese miedo a conocer los propios miedos es el más paralizante de los terrores. Así, congeladas por su mediocridad, alabándose mutuamente, amándose sin procrear, se reúnen todavía ante un precipicio, frente a un fuego frío. Y ríen, o fingen reír.



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Continuará.

sábado, 2 de febrero de 2008

Los tres finales de mi laberinto




Final 1

(Entra cantando con falsa calma, como si hubiera logrado volver a olvidar)
Qué difícil se me hace
Mantenerme en este viaje…

Tú matarías a alguien por plata? No me digas que no. Y si te digo que si lo matas te va a cambiar la vida, ¿no lo matas? No pues, no mientas. Y si te digo que es alguien que no conoces, que no te importa, y que si lo matas vas a tener acciones en la bolsa y todo el país va a estar recontrafeliz, ¿lo matas o no lo matas? Y si te digo que cuando muera ya no vas a tener miedo y vas a tener acciones en la bolsa y tu plata va a valer un montón... y vas a poder comprarte un depa... y vas a tener carros nuevos traídos directamente de Estados Unidos... ¿lo matas o no lo matas? Claro que lo matas. Es más. Ya lo mataste. Aunque te hagas el olvidadizo. Aunque te olvides de verdad, como yo. Y si te digo que tienen que morir un montón de desconocidos, ¿te daría lo mismo o no?
Eso dirías. Pero estarías toda la vida asustado cada vez que revienta un cohete y parece una bala. Vivirías triste como todos vivimos ahora. Sonriendo a la fuerza y escuchando canciones de los 80, de los 90, de nuestros años asesinos. Y si te digo que todos tus crímenes fueron en vano y que igual vas a seguir cagado después de haber asesinado, ¿te matas o no te matas? Claro que te matas, Danny. Por asesino y por tonto. Yo te entendería.
(Canta mientras se retira del escenario)
Temblando
con los ojos cerrados
el cielo está nublado
y a lo lejos tú

Hablando
de lo que te ha pasado
intentando ordenar palabras
para no hacerme
tanto daño tanto daño
y yo sigo temblando


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Final 2:
(Habla a platea, con sorna. El cinismo es su única salida.)

¿Cuántos murieron para que seamos felices?
Para que llegaran los grifos nuevos llenos de luces
como ovnis caídos en la ciudad del miedo,
¿recuerdan la llegada de los grifos?
Para que nos sangre un Kentucky entre los dedos.
Para que todo fuera delivery
¿a cuántos tuvimos que sepultar en el camino?
Deberíamos tener vergüenza de olvidarlos.
Porque está bien enterrar a los muertos pero no es justo
enterrar la memoria.
Por eso vivimos así
escondidos en la eterna adolescencia.
Contando los mismos chistes secos
como huesos. Por eso todos oímos música de los 80.
Para creer que no hemos crecido. Que nadie ha muerto,
que nada pasó.
Cierra los ojos y siente lo mismo que yo
cuando paso por un parque: Hay un muerto para cada uno
dispuesto a abrazarte por la espalda. Lo cargarás
como a un hijo
eternamente
Cierra los ojos y llora por esos desconocidos
Por el neón que esconde nuestro miedo
llora por tus muertos que forman todos juntos
la niebla el ruido
la oscuridad

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Final 3

(Interpela al público.)

Tú mataste a alguien que no recuerdas. Y tú, y tú, y tú también. Tu muerto está sentado en la butaca de al lado, pero no quieres verlo. Para qué, si ya está muerto. Pero en el fondo te acuerdas. Sabes que te mereces el peor de los castigos. Cuando te tocan el hombro en la calle volteas aterrado, ¿o no? Muerto de miedo. Cuando revienta una llanta. Cuando oyes un grito. Yo siento lo mismo que tú. Dejo una luz prendida en la noche. Cuando me asusto hago bulla. Salto, grito, pateo el piso. Qué fuerte ponemos la música ahora, ¿te has dado cuenta? Siempre la misma música, las canciones del ayer, lo único que podemos recordar. Eso y el grito de alguien que se muere, el grito que tapamos con canciones. ¿No lo oyes? ¿No lo escuchas? Me tapo los oídos y lo tengo dentro, dentro. Y no me acuerdo de quién es la voz. Porque tengo miedo como tú. Ya no me acuerdo de nada. Sólo de las letras de las canciones. ¿Acaso por eso soy malo? ¿Dónde están mis amigos? Somos los hijos del miedo. Los hijos del miedo cantamos. Los hijos del miedo nos reímos a gritos. Y los hijos del miedo tenemos mala memoria.

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Y el otro final está dos posts más abajo. Al final no creo que usen ninguno porque vi el ensayo y el protagonista termina revolcándose y gritándole a la maleta. Vayamos al estreno a sorprendernos, como siempre tiene que ser.
La imagen es del pintor peruano Fito Espinosa.