viernes, 28 de agosto de 2009

Seis días de setiembre



El pasarme la vida en una oficina me ha entrenado para generar ideas que ayuden no sólo a hacer publicidad sino también a crear espectáculos o textos teatrales. Eso me ha permitido ser invitado a colaborar anónimamente con autores o directores poniendo y quitando cosas, generalmente sutilezas como textos de enlace, propuestas estructurales, parlamentos adicionales o títulos de montajes. Pero así como aporto ideas a pedido se me quedan otras en el tintero, ideas que recuerdo con cariño y que me provoca contar. Sé que no las necesitan nuestros directores más creativos –Alberto Isola, Guillermo Castrillón y Ricardo Morán, sin dudas- pero sé también que la imaginación ayuda a todos y que oír ideas dispara más ideas, así que acá van algunas que algún día realizaré.

Seis días de septiembre: Alguna vez le sugerí a una joven actriz que me contaba sus penas que las ordenara en seis monólogos unidos por el mismo personaje y por el hecho de que ocurrieran todas en septiembre. El día que su padre la abandonó, su primer encuentro sexual, sus rupturas más importantes, su decisión de morir, etc. ¿Llegará a hacer algo con eso? La idea es buena: armar una serie de escenas de alto impacto emotivo unidas por un tema sutil y a la vez polémico, personal, potente.

El año en que naciste: ¿Qué tal un recital de música romántica donde el público anote en un papelito, al entrar, el año en que nació? La cantante saca al azar un año y canta una canción de, por ejemplo, 1980. Habría que tener repertorio amplio y buena memoria, además de predefinir las canciones que abarquen varios años. ¿A quién no le gustaría que su año motive una interpretación? Si naciste en 1971, por ejemplo, podrían cantarte el tema de Melody. O si naciste en 1960 te dirían: cuando naciste no pensabas en canciones de amor, pero a los 11 años seguro te enamoraste con este tema… Y también te tocarían Melody. Y así, con cada año se lanzaría una canción, una idea, un buen recuerdo.

Clásicos para dos: Me reuní con Alonso Alegría para conversar y le conté entre otras cosas mi intención de adaptar Fuente Ovejuna para sólo una actriz y un actor, y que ese impulso me lleve a adaptar grandes clásicos para solamente una pareja de intérpretes. Le gustó la idea (“¿qué par de actores no querrían hacer, por ejemplo, don Juan Tenorio?”) y ya estábamos por darle forma cuando mi agenda y mis errores nos distanciaron. Pero la idea sigue allí: habría que buscar con quién plasmarla.

En fin. Mi intención no es llenarlos de ideas o mostrarlas como quien presume de algo sino generar ideas nuevas, las ganas de crear, la búsqueda de un doblez inesperado, un ángulo diferente, un enfoque renovador. Ganas de crear y luego, de llevar a escena lo pensado y concretar los sueños. Y ganas también de que pasen cosas, porque a la vida hay que jalarla pero también -de vez en cuando- hay que meterle un buen empujón.

sábado, 22 de agosto de 2009

Anotando

Un día salí a robar, o a aprender, o a aprehender.
Y anoté:
De Kike el entusiasmo que empuja todo adelante.
De Juanca la seriedad, de Lucho la desconfianza, de Lali la frescura, de Rocío el orden, de mi Negra su capacidad de ser tan amorosa, de Marco su persistencia. De Renzo la terquedad. De Tay el silencio. De Gabriel el buen gusto. De Mía la capacidad de mirar más allá, de Alicia la preocupación por los sentimientos, de Mafe las ganas de divertirse, de Camila la dedicación.
De todos algo. De todos.

En una noche vacía

Alguien con quien caminar en buzo, de noche, hasta el Starbucks, para quedarnos conversando hasta que amanezca. Alguien que se duerma viendo conmigo una película y no despierte asustada por volver a su casa. Alguien con una familia que acepte a este bicho raro o alguien a quien no le importe si su familia lo acepta o no. Alguien que cierre conmigo las puertas, los cajones y los proyectos. Alguien que en silencio, al otro lado del escritorio, se siente a crear al tiempo que lo hago yo. Alguien con más ganas de hacer nido que de volar. Alguien que no sea una cometa arrastrada por el viento de la desesperación y que crea en un futuro que no sea sólo su futuro. Alguien que acompañe sin poseer y que crezca sin apretar. Alguien que ame sin mentir y reciba sin robar. Alguien que no eres tú pero sí eres tú.

jueves, 20 de agosto de 2009

Así son las cosas.

Lo impulso a divorciarse porque lo quiero y luego lo abandono porque me conviene.
Regreso a su lado -porque lo quiero- pero me voy con otro... porque me conviene.
Me iría a vivir con él porque lo quiero. Me voy a vivir sola porque me conviene.
Acepto que me llame tonta (porque lo quiero) aunque lo engañe mucho (porque me conviene).
Se fue a vivir con otra y me dio pena, porque lo quiero.
Hoy digo que lo amo y hasta llamo a saludarlo, pero no sé por qué hago eso.

lunes, 3 de agosto de 2009

Sucios miedos II



Miedo a entregarse
No eres ni serás propiedad de nadie. Pero alguna gente, desde que la miras a los ojos por primera vez, se vuelve tu dueña. No puedes admitirlo pero te poseen. Pasa de golpe con alguien, en una esquina. Te mira. Se miran. Y entonces tus candados caen, las murallas interiores se derriban y tus elásticos se vencen. Lo sientes en la piel: esa mirada -como las trompetas en Jericó- ha franqueado tu alma hasta el tuétano y sólo te queda entregarte. Y a veces crees -quieres creer- que dándole el cuerpo a quien te captura así te librarás de ese compromiso mágico. Falso. No es posible: sigues siendo suya. Tras el placer de tu cuerpo vencido viene el del alma sometida a gusto, el de saber que te llevan en un relicario, al cuello. Como azúcar debajo de la lengua se derrite ligera en tu boca cierta noción de realización, pero eres veloz como los ejércitos de hormigas y vuelves a construir obstáculos, fosos, trampas, lo que haga falta para que entregarte sea imposible. Porque tras esa derrota sutil oyes latir, como un tambor, la felicidad. Y el que se entrega es feliz, pero tú no quieres cerrar los ojos ni caer de espaldas en brazos de tu dios, aparecido y vibrante mientras mantiene la mirada sobre ti. Tomas lo peor del mundo -barro, bazofia, excremento- y lo untas en tu cuerpo. Quien te posee te lame y te limpia sin vergüenza. Entonces, mientras está arrodillado venerando tus pies, le quiebras la cabeza con una piedra. Eres libre, pero algo hace que llores. y por más que llores, sigues sucia. Y tiemblas esperando la siguiente mirada. Sabiendo, aterrada de ti misma, que nunca dejarás de ser adorada y poseída y, por lo tanto, nunca dejarás de matar.
 
Miedo a pertenecer
Yo no soy de aquí, le dices a tus amigos, yo debí vivir en otra época, en otro lugar, debería largarme a Buenos Aires, a Barcelona, a Boston... Lo dices con la esperanza de que alguien te conteste: sí, eres de aquí y aquí vales mucho, aquí deberías quedarte y florecer, aquí es donde amas y eres amada. Pero no. Nadie te lo dice. Te desean buen viaje, te dejan escapar y tu alma siente, como si una copa se rompiera sin tocarla, que no vales nada. Porque es verdad: no vales nada. Eres una más de esas millones de personas cuya existencia podría ser obviada por la vida, y eso te desespera. Cometes entonces el mayor error: dejar de pertenecer solamente para demostrarte que sí, que pertenecías. Te vas. Quemas tus naves. Vuelas los puentes luego de cruzarlos y luego, desde lejos, descubres que abandonaste el molde de tu cuerpo en una cama, en la arena de una playa, en la larga cabellera de alguien que te abrazó. Vuelves trayendo regalos y mostrando lo poco que obtuviste fuera: un vestido de flores, un reloj de pulsera, una foto. Regresas y sientes que pagas una deuda, no sabes a quién ni por qué. Todos te saludan, te reciben, vales algo hasta que el tiempo se encarga de mimetizarte con el lugar al que regresaste. Vuelves a darte cuenta de que tu valor es cero. Vas a una adivina y ella te lee el futuro, te dice que serás famosa, o que tendrás hijos, o que alguien te amará para siempre, y tomas eso como gran consuelo. Pero esa misma noche olvidas lo que te dijo y el techo sobre tu cama se hace infinitamente alto. Y vuelves a valer nada. Y dices una vez más tendría que irme aunque sea un tiempo con la esperanza de que alguien te detenga. Tenlo claro para siempre: nadie lo hará. Tú misma has borrado tus huellas. De tanto repetirte que no vales nada, nos has convencido. Vete y vuelve para seguir soñando que de nuevo te largas. Porque te has arrancado de aquí. Porque nunca pertenecerás, y eso da mucho miedo. Tanto que te resultará más grato soñar con tu entierro, con cuánta gente viene a despedirte, con lo cierto que era su amor. Te entierran con el vestido de flores, lo ves como si estuvieras ahí. Y mientras te pones el reloj plateado -para salir a trabajar- cuentas las venas que sobresalen de tu muñeca.
 
Miedo a soñar
Soñaba demasiado y eso le daba miedo, tanto que los sueños no terminaban nunca. Porque el miedo es el enemigo de los sueños: los mata estirándolos, por cansancio, haciéndolos densos y largos. Los convierte en eso que todos tenemos: planes. Pero un sueño es algo más grande, y si un plan es una estrella, un sueño es una constelación. Por eso el miedo los odia, porque crean seres en el aire. Si el miedo ataca tus sueños te hará creer que te apoya pero en verdad querrá que nunca despiertes, que sigas soñando y te quedes inmóvil. Para detenerte se disfrazará de otros miedos: a la altura, al azúcar, a la estabilidad, al orden. Al fin y al cabo, así también te vence: todo miedo es miedo a soñar.
Más miedos, tengo como 30. Pero hasta acá nomás, los primeros están dos entradas más abajo y hace mucho sueño para poner el link...

jueves, 30 de julio de 2009

Santiago


ENVÍO


San Santiago del Cuzco,

muy caballero,

en su caballo blanco

baja del cielo.

Las espuelas de plata,

dorado el pelo,

claros ojos redondos,

negro el acero.


De la sombra le miran

los que murieron.

San Santiago del Cuzco,

muy caballero,

pisa tierra peruana,

no quieren verlo;

a su España se vuelve,

no quieren verlo;

por el mundo camina,

no quieren verlo.


San Santiago del Cuzco,

muy caballero,

a su cielo regresa,

con torvo ceño.

No quieren verlo.




Un poema del excelente Washington Delgado, a propósito de Santiago, el Matamoros, al que vi en Yuyachkani (lean mi nota) y me lo encontré de nuevo en una bella exposición en el Centro Cultural de la Universidad Católica. Hay que ir.

miércoles, 29 de julio de 2009

El beso



El tenia 18 recién cumplidos. Ella tenía 27 pasados. El estaba tranquilo, casi asustado. Ella, desde el otro lado de la barra -y de la vida- lo miraba fijamente a través de su vaso de whisky. Esa boca, se dijo, él es un niño pero esa boca no es de niño. Esa boca es de dios.
Se le pegó con alguna excusa. Le habló de cualquier cosa. Luego se le acercó mucho más, le puso el índice en la barbilla y le dijo: ¿qué tienes ahí, en el labio? El no pudo responder. Ella, más cerca, agregó: una costrita, un puntito, de repente es un... y juguetona, lo besó. Fue un beso breve pero de roce intenso, con calor, con entrega, con intercambio de muchas cosas.
¿Un puntito? -dijo él cuando ella lo soltó, sin respetar el silencio de los buenos besos- Debe ser herpes. Me contagió mi prima cuando teníamos 14.

lunes, 27 de julio de 2009

Sucios miedos I


Escribí mucho alguna vez acerca de los miedos, de los lastres, de las mutaciones tristes que deforman a la gente, y de esos textos -que eran más de 20- he encontrado algunos. Los comparto como base para algo que alguna vez escribiré.



Miedo a la oscuridad
¿Le temes a la oscuridad? Entonces eres sabia como una niña, porque le temes al lado oscuro de la vida y de la gente. Le temes a esos que parecen tener la luz encendida pero andan mintiendo y destruyendo a otros con el pretexto de repartir sonrisas brillantes y abrazos de amor. Tú los ves y corres, y como eres una niña que aún no habla, sólo puedes abrazarte a la pierna de quienes sí te aman. Los ves pasar sonriendo y deseándote buenas vibras y te das cuenta de que son un pozo de dolor y castigo, los ves haciéndose daño a solas y luego, deseosos de más, salir a destruir gente fresca, a comerse la alegría de otros, a partirlos por dentro. Donde los oscuros se abrazan con falso cariño tú ves monstruos que se despedazan unos a otros. Cuando un oscuro captura a un limpio los perros ladran y todos los niños suspiran con tristeza. No temas, niña. Aprende y perdona. Tú también serás aunque sea un poquito oscura, y eso te dará fuerzas para librarte de los demonios que sonríen. Atraviesa la noche y no tiembles. Si brillas más, se espantan. Buscarán otros monstruos. No vendrán por ti.


Miedo a los espejos
De repente sientes pánico, vacío, dolor inconmensurable. Has visto con terror que algo macabro se te apareció al lado, que pasó casi invisible. Te volteas de golpe, sudando frío, para sorprenderlo, y descubres un muro de vidrio y azogue. Y en él, encerrada, tu imagen.
Si le temes a los espejos es porque percibes algo en ti que los demás no ven: Ves a La Muerte que se ha apoderado de tu alma. Porque los humanos nos amamos, y sólo La Muerte aborrece su imagen, odia que tu esqueleto al emerger traicione su escondite, detesta que detrás de tu mirada aparezca la suya, devoradora y triste, porque confunde su mirada con la de alguien más poderoso y teme que la pueden matar. De eso sufren los vampiros, títeres de La Malvada. Si le temes a los espejos, exorcízate. O acabarás chupándole la alegría a los demás con un deseo de conflicto y podredumbre que ni tú mismo podrás entender. Es simple: libérate del deseo de tenerlo todo, vivirlo todo, exprimirlo todo, conocerlo todo. No se trata de no querer vivir, se trata de recibir lo que venga y no forzar al mundo a entregar sus bienes, como si tu deseo lo asaltara. Ese deseo tan poco sabio es diabólico e inhumano: es el deseo de La Muerte de cubrirlo todo con su sombra. Si no puedes renunciar a él, renuncia a ti misma y mátate. Estarás matando a La Muerte. O al menos le darás un susto inmenso al verse descubierta y vencida por sus propias armas.

Una última recomendación: de ser posible, mátate frente a un espejo.


Miedo a no volar
Todas las demás volaban. Ella no. Eran más jóvenes y más afortunadas, y volaban hacia cielos que ella no conocía. Cuando se los describían sonreía con falsa condescendencia pero por dentro el odio de estar atada al piso la enloquecía. Tenía miedo de no lograrlo nunca.
Para sentirse elevada decidió fingir un día que ayudaba a los demás rastreros, a quienes tampoco podían elevarse. Los encontraba desesperados en los precipicios, con la mirada clavada en el horizonte. Los tomaba de un ala y los arrojaba al vacío. Les decía palabras sabias que había oído de sus amigas -las que sí volaban- y les recomendaba no temer, quizás porque sabía que era su miedo el que la había lastrado para siempre. Mató así a muchos que pudieron haber volado si no la hubieran hallado antes. Buscó luego a otras rastreras para mirar juntas desde abajo, con horror e hipocresía, a esas que cubrían el cielo con sus alas. Las odiaban porque no podían. Sus alas eran muñones, sus músculos eran blandos y sus cuerpos, estériles. Su diversión era remedar el vuelo y alabar unas a otras los movimientos de sus articulaciones sin gracia. Después, melancólicas, se sentaban a mirar el mar y guardaban silencio pues sabían que cualquiera, en cualquier momento, si se atrevía a hablar, develaría su mayor temor: el de asumir que nunca nacieron para el cielo. Que fueron creadas para la envidia, para el fracaso, para la tierra. Y ese miedo a conocer los propios miedos es el más paralizante de los terrores. Así, congeladas por su mediocridad, alabándose mutuamente, amándose sin procrear, se reúnen todavía ante un precipicio, frente a un fuego frío. Y ríen, o fingen reír.



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Continuará.

viernes, 17 de julio de 2009

Cuida el momento



Mi ritmo de vida –o peor, el ritmo al que va mi cabeza- me hace olvidarme de todo y al mismo tiempo, desear con intensidad que los momentos tengan algo que los haga recordables. Le corro a esos días sosos en que no pasó nada y en cambio busco que todo tenga un tag, una etiqueta pequeña que me recuerde ese fue el viaje a España donde conocí a su padre, esa fue el día en que llevé helados a su casa y se derritieron en una bolsa y hasta estúpidamente esa fue la reunión donde entendí lo que es una tabla normalizada.
Trato de hacer valer los momentos románticos, los familiares y también los laborales porque quiero valorar lo que vivo y le temo al tiempo que corre en blanco, vacío, estéril. Me ha gustado siempre fabricar momentos especiales, agregarles un chiste, una frase, una imagen que los haga agradables ante todos y recordables para mí.
Por eso mismo me duele mucho cuando la gente se vuelve rompemomentos. La madre que arma un pleito justo en el cumpleaños de su hijo, la novia que se queda callada durante toda la cita o el tío que se pone a gritar en plena navidad. Creo que debemos educarnos para no asumir ese rol, el del tonto que arruina los momentos por impaciente, por no medir sus palabras ni sus reacciones, por creer que lo que yo siento es más importante que lo que nosotros sentimos.
Recuerdo instantes arruinados sin querer –aunque duelen igual-, errores salvajes de gente culta que echan a perder un día inolvidable y también a pequeñas alimañas especializadas en este tipo de sabotaje, que se arruinaban a sí mismas desde sus propios viajes de placer hasta sus reencuentros amorosos, además de la navidad y el día del padre, y más aún, por amor al dolor y sin importarles el daño que causaban.
Creo que al ser humano egotecnológico del siglo XXI le cuesta entender la noción de nosotros, le resulta imposible vivir en plural porque prioriza su primera persona del singular. Le importa más tirar su mal genio aunque se arruine el almuerzo, como si su alma tuviera la urgencia de defecar en medio del mejor momento grupal. Creo que así la libertad la usamos simplemente para desfogarnos y no para construir: si me gusta esto, lo digo y que revienten los demás y que se funda el viaje feliz. Si a los viejos nos educaron para defendernos, para reclamar lo nuestro y para pelearlo todo, quizás nos hemos excedido al pasarles esto a los más chicos y hemos criado una generación de peleo por todo, no considero a los demás y no me importa nadie más que yo. Puede que esa actitud sirva para los tiempos que vienen, pero si no sabemos administrarla, nos va a reventar las pocas pompas de jabón que constituyen la vida. Puede que simplemente me toque volverme más duro, curtirme y sentir: ok, arruina mi momento y espera que pronto me tocará fastidiarte a ti.

miércoles, 8 de julio de 2009

¿Será tuyo, Jorge Luis?


Ya somos el olvido que seremos.
El polvo elemental que nos ignora
y que fue el rojo Adán y que es ahora
todos los hombres y que no veremos.

Ya somos en la tumba las dos fechas
del principio y del término, la caja,
la obscena corrupción y la mortaja,
los ritos de la muerte y las endechas.

No soy el insensato que se aferra
al mágico sonido de su nombre;
pienso con esperanza en aquel hombre
que no sabrá que fui sobre la tierra.

Bajo el indiferente azul del cielo
esta meditación es un consuelo.

Acá está la historia, bien contada. La colgó Carlos Ianni en su facebook.

lunes, 6 de julio de 2009

Vivo en el limbo

Qué linda canción y qué a tiempo ha llegado.


viernes, 26 de junio de 2009

Dos cintas rojas


Dos mujeres juntas,
un solo secreto.
Dos desesperanzas bajo un mismo techo.
Doble carcajada.
Dos que en soledad
no sienten nada.

Dos mujeres juntas,
guerra de sueños;
dos mujeres juntas,
mar de consejos.
Café
sin azúcar,
flores de papel
y abuelos sin nietos.

Cuando tiemblan cantan:
copas de vino.
Dos olas que chocan
y un remolino.
Una sola gota
atraviesa ardiente
sus dos caminos.

Dos princesas arden
bajo la aurora.
Comparten el aire
que las devora;
nubes que se estrellan
en pos de ese rayo
que las libera.

Dos mujeres juntas
no se sonrojan.
Hechas de coral
y cintas rojas
duermen abrazadas.
Mundo sin amor:
no sabes nada.
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Lo pensé para que lo recite Mara Sanz a su mejor amiga. La foto la saqué de este joyero online, ¡son accesorios contra el mal de ojo!

lunes, 22 de junio de 2009

Todo poema es pertinente


Los amorosos callan.
El amor es el silencio más fino,
el más tembloroso, el más insoportable.
Los amorosos buscan,
los amorosos son los que abandonan,
son los que cambian, los que olvidan.
Su corazón les dice que nunca han de encontrar,
no encuentran, buscan.
Los amorosos andan como locos
porque están solos, solos, solos,
entregándose, dándose a cada rato,
llorando porque no salvan al amor.
Les preocupa el amor. Los amorosos
viven al día, no pueden hacer más, no saben.
Siempre se estan yendo,
siempre, hacia alguna parte.
Esperan,
no esperan nada, pero esperan.
Saben que nunca han de encontrar.
El amor es la prórroga perpetua,
siempre el paso siguiente, el otro, el otro.
Los amorosos son los insaciables,
los que siempre- ¡ que bueno !- han de estar solos.

Los amorosos son la hidra del cuento.
Tienen serpientes en lugar de brazos.
Las venas del cuello se les hinchan
también como serpientes para asfixiarlos.
Los amorosos no pueden dormir
porque si se duermen se los comen los gusanos.

En la obscuridad abren los ojos
y les cae en ellos el espanto.

Encuentran alacranes bajo la sábana
y su cama flota como sobre un lago.

Los amorosos son locos, sólo locos,
sin Dios y sin diablo.

Los amorosos salen de sus cuevas
temblorosos, hambrientos,
a cazar fantasmas.
Se ríen de las gentes que lo saben todo,
de las que aman a perpetuidad, verídicamente,
de las que creen en el amor como una lámpara de inagotable aceite.

Los amorosos juegan a coger el agua,
a tatuar el humo, a no irse.
Juegan el largo, el triste juego del amor.
Nadie ha de resignarse.
Dicen que nadie ha de resignarse.
Los amorosos se avergüenzan de toda conformación.

Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla,
la muerte les fermenta detrás de los ojos,
y ellos caminan, lloran hasta la madrugada
en que trenes y gallos se despiden dolorosamente.

Les llega a veces un olor a tierra recién nacida,
a mujeres que duermen con la mano en el sexo, complacidas,
a arroyos de agua tierna y a cocinas.
Los amorosos se ponen a cantar entre labios
una canción no aprendida,
y se van llorando, llorando,
la hermosa vida.


Un poema insoportablemente bien escrito: Los amorosos, de Jaime Sabines.

viernes, 12 de junio de 2009

Ni tú siquiera


Ni cien mujeres ni diez mil suspiros
ni un millón de años
ni una gran tragedia
ni una muerte cruel
ni una mano inmensa
ni dioses ni monstruos
ni el amor de otros
ni el alcohol ni el viento
ni siquiera inefable la locura
tampoco tu desprecio
tus burlas afiladas
ni el odio de las brujas
que te amamantan te raptan te transforman
ni esas ratas negras que infectan tu cama
ni el silencio
las prisiones
el orgullo
ni el sol desintegrado en un millón
de tardes y de esperas
ni el karma o la miseria
ni la traición ni los hijos
ni el tormento

me lo dijo entre sueños un ángel
sonriente
ni las palabras
ni el vacío
ni la muerte.


Este texto mío va, creo, para una obra que estoy escribiendo, Mara Sanz. La foto del ángel de piedra es de Dean Palmer.

lunes, 8 de junio de 2009

Yola pienso.¿Tula bailas?

Polvo sin mundo


Menos tu vientre,
todo es confuso.
Menos tu vientre,
todo es futuro
fugaz, pasado
baldío, turbio.
Menos tu vientre,
todo es oculto.
Menos tu vientre,
todo inseguro,
todo postrero,
polvo sin mundo.
Menos tu vientre,
todo es oscuro.
Menos tu vientre
claro y profundo.

Un poema de Miguel Hernández. Una maravilla. De su Cancionero y romancero de ausencias (1938-1941)

sábado, 6 de junio de 2009

Ni ladra ni muerde


Donde he encontrado la mayor cantidad de animales domésticos disecados es en el mercado de pulgas de Santiago. Este lindo perro fue el primero que vi, y no agrego nada porque me está mirando. Voy a buscar más fotos.

lunes, 18 de mayo de 2009

Poemas en añil

LA JAULA

Afuera hay sol.
No es más que un sol
pero los hombres lo miran
y después cantan.

Yo no sé del sol.
Yo sé la melodía del ángel
y el sermón caliente
del último viento.
Sé gritar hasta el alba
cuando la muerte se posa desnuda
en mi sombra.

Yo lloro debajo de mi nombre.
Yo agito pañuelos en la noche
y barcos sedientos de realidad
bailan conmigo.
Yo oculto clavos
para escarnecer a mis sueños enfermos.

Afuera hay sol.
Yo me visto de cenizas.


Me llegó este poema de Alejandra Pizarnik en un boletín de la web literaria llamada Poemas en añil. A leer, a sentir, a crecer.

jueves, 14 de mayo de 2009

Sábado y de noche

Se hacía la muy puta, pero era sólo un pretexto para enamorarse.