martes, 7 de agosto de 2007

Rey de Ajedrez


Yo era un niño que hacía su vida solo. A los 10 años me recuerdo yendo sin compañía todos los sábados de verano, en un bus azul, a la Biblioteca Nacional en el centro de Lima donde saqué un carné de lectura en la sección infantil (a la que se entraba por la puerta lateral, pues la puerta grande era para los que no hacen bulla). Alrededor de la Biblioteca la vida sórdida y floreciente del centro me abrió los ojos al mundo. Un mendigo que exhibía una gran herida purulenta y con el que conversaba largos momentos –de esos que hasta hoy me parecen horas- me hablaba de sus responsabilidades familiares, de su origen chiclayano, de su desgracia como contador. Una mujer que rezaba siempre en la última fila de la iglesia detrás de la Biblioteca -San Pedro, a la que entraba con curiosidad y devoción típicos de mi edad- se me acercaba y me decía como tú era mi hijo, así como tú, y se persignaba llorando mientras yo le apretaba la mano manchada y huesuda sin entender lo que recién hoy, al escribir esto, deduzco. Un vendedor callejero de pantógrafos me contaba que había estudiado “casi una carrera” en Bellas Artes y yo pensaba que exageraba mientras lo veía reproducir gigantescos ojos de Ratón Mickey en un papel sucio que borraba con prolijidad al final de cada demostración, cuando ya no tenía observadores. Pero lo mejor no estaba fuera de la Biblioteca sino dentro, donde conocí a Perrault y a Heraud, a Collodi y a Mary Shelley. Allí conocí también a Lourdes, sin o detrás de la u. Tenía 10 años como yo: lo supe por la lista pegada en la pared, que dividía por edades a los alumnos de los cursos de verano. Nunca nos hablamos pero siempre nos mirábamos a los ojos, evitando la sonrisa y jugando a quién quitaba la vista primero. Yo fingía perder ese juego. Pero en Ajedrez –el único curso en que coincidimos- me ganaba con justicia, todos los sábados, de un modo para mí humillante y feliz. Me clavaba los ojos con maldad después de cada mate, luego la acompañaba hasta la puerta y la veía partir.
El último sábado de ese curso de verano, conversamos. Me preguntó dónde vivía y se asombró de saber que venía desde tan lejos. Hablaba y hablaba como nunca, de sus hermanos ociosos, de su papá que bebía, “toma poquito pero siempre toma”, de su familia que no sabía que ella era tan inteligente ni tan buena en el Ajedrez. Le faltaba ganar un partido para campeonar en esos torneos relámpago todos-contra-todos con que se cierran estos cursos, y ese partido era en mi contra. Nos gustaba la misma música, odiábamos las mismas comidas y nos burlábamos de los mismos compañeros. En silencio y por primera vez, antes de las doce le gané la partida. Me miró con odio y se metió el rey en el bolsillo sin que el profesor se diera cuenta. No campeonó y los dos nos sentimos mal por razones diferentes. Cuando ya estaba seguro de que me odiaba, se acercó a mí y me puso el rey en el bolsillo de la camisa. El profesor nos miró sin comprender. Temblé.
Al concluir la última clase de ese curso salimos como siempre, juntos, hasta la puerta lateral. Me dijo chao y como nunca antes, me besó la mejilla. Se alejó caminando, con la calma de siempre. Se dio la vuelta para volver a verme y luego corrió hasta doblar la esquina.
Nunca más la vi. Algún día mi madre me entregó, entre otros cachivaches devueltos de mi infancia, un rey de ajedrez.

11 comentarios:

Luna roja dijo...

Es que de una u otra manera...todos merecemos tener al rey dentro. Del bolsillo, del bolso, del abrigo, del corazón...

Creo que las cosas o señales que son para uno, llegan siempra de alguna manera que nos sorprende. Y nunca es tarde, más bien a veces es demasiado temprano.

Mu dijo...

qué paja el recuerdo. guardarás todavía el rey?

Anónimo dijo...

¡Pero sigo siendo el ReeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeY!

M&%/& F"%&(!)

Anónimo dijo...

Mi madre lo hubiera botado al tacho.

Manuel

Anónimo dijo...

César de María por qué no cuelgas una foto tuya en tu blog. Nos gustaría saber cómo es tu rostro, si eres atractivo, viejo o joven.



Cristina y Raquel (Montevideo)

Anónimo dijo...

césar tiene cara de fichita de rey de ajedrez, con la barba un tanto menos poblada. y sin corona -visible-.

Anónimo dijo...

¡Qué encantador! ¿Y tendrás reina?

Cristina y Raquel (Montevideo)

Anónimo dijo...

Si fuera joven y guapo ya habría colgado su foto jiji... pero igual eres encantador.

Alma de payasa

Anónimo dijo...

Nos quedamos con la curiosidad.
Buscaremos otro blog con personajes reales donde no hayan ni reyes ni bufones.

Cristina y Raquel (Montevideo, el monte del video)

atormentado dijo...

cuando era niño mi mama me metio a las clasicas Vacaciones útiles.
en ellas aprendi a jugar ajedrez en la biblioteca de miraflores (en ese entonces era como una especie de quinta con grandes aulas.

Luego me meteria a estudiar taquigrafia.

creo que mucho no me querian tener en casa.

Anónimo dijo...

uruguayas: aparece su foto claramente en su perfil.