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Tengo frío y tengo sueño. La barrera entre el alma y la mente es el cuerpo, así que me lo salto y descubro: tras el frío y el sueño están el dolor, la reparación, el miedo al consuelo y al amor. Vuelvo a la mente. Tengo ganas de todo y de nada. De escribir un par de comerciales que queden bien, de los cuales estar orgulloso. De hacer algo en BTL, un evento, algo que me quite la sensación de que aquí nunca pasa nada. De hacer cosas diferentes en teatro, en especial monólogos. De dictar otro curso. De pagar mis deudas. De colmarme de obligaciones. Dicen los sicólogos que se llenan de ocupaciones los que están vacíos de amor. Puede ser. La vida cambia el camino constantemente y he empezado a repletarme de todo. Tal vez cuando vuelves a llenarte de amor también te pones tan nervioso que vuelves a llenarte de ocupaciones. Quizás es la hiperactividad, la primavera, la angustia. Tengo frío. Tengo sueño. Tengo ganas de cansarme. Tengo cuerpo, mente y alma. Por lo menos ya empezó a salir el sol.






Leyendo el blog de Jimena (http://lindimismayo.blogspot.com/) pienso en las miles de veces que no me he conectado con lo que siento. Creo que hay un enlace entre un lado y otro del alma y en él un fusible que de tanto dolor, un día se quema. Y a partir de entonces no vuelves a sufrir en apariencia pero sientes a diario que tu Roma se incendia por dentro, que se hunde tu Titanic, que tu Hiroshima se evapora mientras todos creen que cuentas un chiste. Cuando murió Fernando al dia siguiente de nacer hice una lista de cosas necesarias para enterrarlo en paz y sin que su madre sufra. Cuando casi muero yo me dediqué a revisar las imágenes que me rodeaban pensando que si sobrevivía las pondría en una obra. Cuando vi a Mía en su cuna y me aguanté las ganas de cargarla y salir corriendo y robármela para siempre, sólo pude decir: es tan linda que me cambia todo. Tantas veces el hervor frío, el temblor quieto, el grito mudo. Y hace relativamente poco me volvió a pasar, cuando la mujer que me exigía conectarme con mis emociones me dejó para irse con otro, pues me amaba muchísimo pero quería probar con él. Luego regresó, se pasó un año enseñándome a sentir con autenticidad y se volvió a ir, ahora detrás de su sueño que, obvio, no era yo. Hasta el acto de narrarlo me parece gélido. Debería lanzar la computadora por la ventana, pero no es mía sino de mi oficina. Debería golpear los muebles pero no, mis hijas duermen. Debería gritar por la ventana pero serenazgo… No sentir tiene rutinas. Analizarlo todo. Hablar contigo de ti mismo en tercera persona. Trabajar mucho, hasta la ceguera. Huir de los amigos que provocan ataques de sensibilidad. A veces creo que por eso escribo teatro, para que otros (los personajes y los espectadores) sientan lo que yo no me atrevo a expresar. O pienso que nadie se merece mi odio ni mi risa, como si los guardara en secreto cuando en realidad los tengo sepultados. A veces nada más me sorprendo de estar sintiendo, de reírme o ser sincero. Y a veces siento que sería bueno sentir.











Cosas que necesito ahora:








