Mía termina el colegio. Toga y birrete. Gran ceremonia. Discurso. Lágrimas. Bichitos miraflorinos bajo el toldo que solo tocan a los papás y se van sin picarnos. Chicos con ganas de quedarse en el cole para siempre pero también ganas de no volver a levantarse temprano ni pasar horas en una silla dura. Ya van a ver. Hablan de las huellas que deja cada persona, de los profesores y de los papelitos, los apodos, los patas. (No hablan de amor, locura ni vicios, pero ahí está la vida escondida bajo esas túnicas como manteles y esos sombreritos como bandejas). El recuerdo del relajado, del fresh, del chato, del yo no fui, de la artista que se dormía en clase, del pañalón, del payaso que te curaba el mal humor, del rojo, de la mona, la che, la modelo, la pipol… De tantas cosas que se viven a esa edad, a toda edad. Y que nos conmueven en las ceremonias, creadas para eso mismo: Para recordarnos el valor de lo vivido y lo por venir, para entender que siempre llegarán cosas buenas y para darnos cuenta de que cada año acaba una prom. La prom del cole, la de los amigos, la de esta edad. Tu hija de 9 o la de 15 o la de 19 no serán las mismas el próximo año, así que disfrútalas y aprecia el tiempo, ríelo mucho y cuando se detenga -que para eso también se crearon las ceremonias, para detenerlo- cuando se detenga, llora. Y si eres el papá, llora pero finge con dignidad que uno de los bichitos de la noche miraflorina se te ha parado en el ojo. Y di oh, demonios! como decía uno de ellos, para que una profesora te corrija y te obligue a decir oh, rayos! Como siempre ha sido. Como siempre será.






























